Una herencia llena de grandeza

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Se cumplieron 50 años del Estadio Azteca y en unos días 100 años del Club América.

Es momento de compartirles un pedazo de mi vida. Mi infancia la viví en Oaxaca, ciudad donde el futbol no es de las cosas más practicadas, la afición se decanta por el béisbol. Por eso en lugar de ir alguna playa de vacaciones, yo prefería ir a la Ciudad de México a ver un partido de futbol, después de mucho tiempo de espera, mi padre nos llevó por primera vez a mi hermano y a mi a ver un Clásico de Clásicos, América contra Chivas.
La experiencia fue maravillosa, difícil de explicar en una platica, más complicado en un breve texto.
Enfrente de mi tenía al imponente Azteca, aquel que ya tenía dos copas mundiales como carta de presentación. El ambiente era contagioso, miles de banderas ondeaban desde la explanada los colores de los equipos.

Entramos al túnel que conecta a la tribuna, angosto, con las paredes de piedra, parecía que todo lo veíamos en cámara lenta. Entre más caminábamos agarrados de la mano de mi papá, el ruido se convertía en algo ensordecedor, entre el barullo de la gente combinado con las trompetas de plástico de esa época, sabíamos que algo espectacular estábamos por ver, era una sensación excitante.

Pasamos el umbral del túnel para que nuestros ojos se abrieran a un espectáculo que aunque ya nos lo habíamos imaginado superaba nuestras expectativas. Mi papá quien ya antes había ido al Estadio volteó a ver nuestras reacciones, mismas que sólo un rostro de un niño pueden mostrar.
Ese momento es de los mejores de mi vida y algo que nunca olvidare.

El partido dio inicio y yo estaba asombrado, como una cancha que yo pensaba era muy grande se veía diminuta ante la grandeza del Estadio Azteca.
Pensé que de más de 100,000 personas en el Estadio sólo 22 eran los elegidos para estar en la cancha, algunos pocos más en las bancas, y otros que aunque no jugaban formaban parte del espectáculo (camarógrafos, cronistas, reporteros, pasabolas, gente de los equipos etc), para que millones lo vieran por televisión. Cualquiera que pudiera estar en la cancha formando parte de esa experiencia única es alguien muy afortunado, fueron algunos pensamientos de mi primera vez en el Azteca.

Muchos años después como algo salido de una historia increíble, terminé en el Club América y cada día de partido desde hace 3 años pisó la cancha sagrada del Estadio Azteca; conocí a la voz que le da vida a los sueños de millones, grito los goles como si fueran míos, es algo muy especial, algo personal.
Hace unos días participé en algo que lo verán miles de personas y que hacen recordar aquel paso por el túnel, aquella anécdota que muchos han podido vivir, y otros soñar.

Todo lo anterior me llegó de golpe en una junta con varias personas creativas y productivas que están construyendo algo extraordinario, me llegó tan fuerte que estuve a punto de soltar una lagrima, pero me contuve pensando lo afortunado que he sido, que ya había cumplido un sueño del tamaño del Estadio Azteca. Todo lo que había que tenido que pasar y aguantar para vivir y sentir ese momento especial, sentí que todo había valido la pena, que estaba cerrando un ciclo maravilloso, un momento muy personal que ahora les comparto.

Le agradezco a ese niño por siempre creer en su sueño, por no desfallecer ante la adversidad a pesar de tener todo en contra y por supuesto a mi padre que tomó mi mano y la de mi hermano para mostrar un mundo nuevo, uno lleno de felicidad y esperanza.

Ahora es mi turno.

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Arturo Miguel Peralta (prismatico): Informático disoñador, entre otras cosas soy creador de este espacio. Un emprendedor digital.

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